Un juez prohibió esta semana que 44 niños sin vacunar regresen a su escuela en Nueva York. Mientras tanto, en Italia los menores de seis años que no tenían sus vacunas al día no pudieron acudir a clase, y en España se abre paso la vacunación obligatoria en las escuelas infantiles en algunas comunidades autónomas. Ante nuevos brotes de enfermedades ya erradicadas como el sarampión, el debate sobre la obligatoriedad de las vacunas toma fuerza en EEUU y otros países desarrollados.

Unos 300 niños de Bolonia, en Italia, se quedaron sin colegio por no estar al día en sus vacunas obligatorias esta semana, cuando entró en vigor la ley que impide a los alumnos menores de seis años acudir a clase sin las vacunas correspondientes.

Se trata de una controvertida ley que se puso en marcha tras el aumento de casos de niños con sarampión en un país en el que la tasa de vacunación ronda el 80% (muy por debajo del 95% recomendado por la Organización Mundial de la Salud). Aunque los niños mayores de seis años no pueden ser excluidos del colegio, ya que la escolarización es obligatoria, los padres recibirán una multa de 500 euros (unos 565 dólares) si llevan a sus hijos a la escuela sin vacunar.

En España, por otra parte, cada vez más guarderías requieren las vacunas para ingresar, a pesar de que el índice de vacunación es mucho más alto que en Italia (del 97%). Galicia busca convertirse en la tercera comunidad autónoma que exige que los niños estén vacunados para poder entrar en las escuelas infantiles. En España la inmunización de los niños es voluntaria, lo que impide extender esta medida a las etapas de la educación obligatoria (a partir de los 6 años).

Mientras tanto, Francia intensificó en 2018 sus políticas de vacunación, y prohibió a los niños el acceso a escuelas y guarderías a menos que estuvieran vacunados.

Esta es la respuesta desde Europa a la creciente tendencia de no vacunar a los niños. Una tendencia tan preocupante que la OMS recientemente nombró la reticencia ante las vacunas como una de las 10 principales amenazas para la salud en el mundo en 2019.

El debate sobre la obligatoriedad de las vacunas también arrecia en Estados Unidos, donde en 17 de sus 51 estados las familias pueden optar por no vacunar a sus hijos apelando a sus creencias o convicciones personales. Los brotes de sarampión que se han producido en algunos puntos del país han multiplicado las iniciativas legislativas para intentar restringir estas exenciones. Las cifras son alarmantes: el porcentaje de niños sin vacunar se ha cuadruplicado desde 2001, y más de 100,000 bebés y niños pequeños no han recibido ninguna vacuna.

¿Son efectivas estas políticas?

Algunos estudios ponen en duda la efectividad de hacer obligatorias las vacunas. Entre ellos, uno elaborado con fondos europeos, que concluye que no hay un vínculo claro entre la vacunación obligatoria y las tasas de inmunizaciones entre los países europeos. Esta investigación se centra en la desinformación en torno a la vacuna del sarampión, entre otras, como el foco de las dudas a la hora de vacunar a los niños, incluso en países en los que los padres se enfrentan a sanciones por no vacunar a los niños.

Más que amenazas, los críticos de estas medidas argumentan que lo que sirve son los esfuerzos serios para echar por tierra las teorías de la conspiración e incrementar la conciencia sobre la necesidad de vacunar a los niños.

Esta línea de pensamiento toma el ejemplo de Finlandia, donde la tasa de vacunación es de entre el 95 y el 99% (dependiendo de qué vacuna se trate) a pesar de que no existe la obligatoriedad. El país nórdico consiguió este alto porcentaje con iniciativas como las vacunaciones en las escuelas, clínicas públicas, visitas regulares y gratuitas y campañas de concienciación.

En EEUU prácticamente todas las organizaciones médicas (como la American Medical Association, la American Academy of Pediatrics, o la Infectious Diseases Society of America) apuestan por acabar con las exenciones no médicas.

“Si no tuviéramos leyes que regulasen los semáforos en rojo, se producirían muchos más accidentes y muertes. Todos necesitamos frenar en la luz roja, porque protege la vida del conductor y la de todos los demás en la intersección. De forma similar, necesitamos vacunar a nuestros hijos para proteger a nuestra familia y al resto de las personas en la comunidad. Si no lo hacemos, las enfermedades y muertes prevenibles volverán”, dice Patricia Stinchfield, enfermera pediátrica y vicepresidenta de la Fundación Nacional para las Enfermedades Contagiosas (NFID por sus siglas en inglés).

“Los niños sin vacunar ponen a otros en grave riesgo. Esto no infringe la libertad personal de nadie pero es una protección para el bienestar general de la sociedad”, señala por su parte Aaron E. Glatt, responsable de enfermedades infecciosas en el hospital South Nassau Communities Hospital, en Nueva York.

Los orígenes del mito

El falso vínculo entre las vacunas y el autismo surgió de un estudio realizado en 1998 por el médico británico Andrew Wakefield. El estudio se coló en la revista The Lancet, una de las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo, que tuvo que retirarlo cuando se comprobó que carecía de todo rigor. Una investigación posterior de la revista British Medical Journal reveló que Wakefield había recibido una elevada suma de dinero de una oficina de abogados que estaba preparando un litigio contra los fabricantes de vacunas.

Varios estudios posteriores que intentaron reproducir los resultados no encontraron relación entre las vacunas y el autismo, pero el daño ya estaba hecho. El errado estudio de Wakefield, que perdió la licencia que le permitía ejercer como médico, aún genera preocupación y es utilizado como argumento por el movimiento antivacunas pese a que ese nexo hipotético ha sido desmontado en estudio tras estudio.

El más reciente, publicado hace apenas dos semanas, es el de mayor alcance hasta la fecha y determina con rotundidad que la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubéola (MMR, por sus siglas en inglés) no se asocia con mayor riesgo de autismo, ni siquiera entre los menores con factores de riesgo vinculados a la enfermedad.

En Internet hay cientos de webs promoviendo con gran efectividad el mensaje antivacuna, con la ayuda ocasional de influencers y famosos. Los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC), la principal autoridad sanitaria del país, no cuentan con un dispositivo capaz de contrarrestar ese despliegue.

El papel que gigantes como Facebook o Youtube tienen a la hora de difundir información falsa y sin contrastar es inmenso. Grandes grupos antivacunas como Stop Mandatory Vaccination, con más de 153,000 miembros, o Vitamin C Agains Vaccine Damage, un grupo que asegura que las altas dosis de esta vitamina pueden “curar” a las “víctimas” de las vacunas, difunden desde allí mitos y falsedades nocivos para la salud pública.

“La vacunación ha salvado millones de vidas y frenado tremendas enfermedades, dolor y sufrimiento”, recuerda Glatt. “Es penoso que se dé crédito a fuentes no científicas e infundadas en Internet y casos anecdóticos no probados que nunca se publican en los diarios científicos. Desafortunadamente, los padres que no vacunan a sus hijos, aunque estén bienintencionados y preocupados por su bienestar, simplemente no comprenden el alcance social de sus decisiones. No solo de poner en peligro la salud de sus hijos, sino también la de otros”.

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