Si alguien en el ámbito artístico ha merecido el apelativo de Gran Dama ha sido María Dolores Pradera. Es María Dolores Pradera. Será María Dolores Pradera, representante eximia de la exquisitez, el refinamiento natural y ese halo invisible pero reconocible que llamamos “clase”.

La acompañaba el físico. Esbelta, rubia, elegante por dentro y por fuera, casi etérea en sus gestos y ademanes, pasó por el teatro, el cine y la música impartiendo lecciones de buen gusto en la elección de guiones y repertorio. Desde comienzos de los años 40 hasta, prácticamente, nuestros días, bien de plena actualidad o como un recuerdo obligado, permaneció en la escena artística española adornándola, prestigiándola, haciéndola más rica y respetada.

Para el público más joven o no tan veterano, María Dolores era una cantante de voz aterciopelada, ligeramente grave, armoniosamente modulada que, casi recitando, deslizándolas sin esfuerzo por la garganta, desgranaba desde la elegante sencillez vocal, instrumental y decorativa un rosario de hermosas, intemporales, eternas canciones latinoamericanas. Llegó a ellas casi sin pretenderlo, satisfaciendo una afición íntima que se fue poco a poco imponiendo profesionalmente, reclamada sin estridencias por un público seducido.

Pero esa faceta que le proporcionó entre nosotros y en Hispanoamérica su mayor popularidad había comenzado en los años 70. Antes, desde esa década de los 40, se había hecho un nombre en el cine y el teatro. En la pantalla con películas como, en su estreno de actriz, Yo no me caso (1944, Juan de Orduña), Altar mayor (1944, Gonzalo Delgrás) y, sobre todo, en 1946, también bajo la dirección de Delgrás, Los habitantes de la casa deshabitada, según la obra de Enrique Jardiel Poncela. Compartió protagonismo con Fernando Fernán Gómez, con quien contraería matrimonio en agosto de 1945. Tuvieron dos hijos, Fernando y Helena. Se separarían en 1957 y divorciarían casi 30 años después. Pocas parejas tan relevantes y de tanta altura cultural en el panorama artístico de siempre en nuestro país.

El cine, sí. Pero María Dolores era ante todo una actriz de teatro, la auténtica prueba de fuego de todo intérprete. Y una actriz de absoluta versatilidad en algunas de las cumbres autorales de la dramaturgia. Su repertorio sobre las tablas incluyó a Arthur Miller (Todos eran mis hijos), Edmond Rostandt (Cyrano de Bergérac”), Eugene Ionesco (El rinoceronte), Jean Giraudoux (Intermezzo), Anton Chéjov (El jardín de los cerezos)…

Resultó inolvidable representando a los grandes autores españoles: José Zorrilla (Don Juan Tenorio), Miguel de Unamuno (Soledad), Jacinto Benavente (Los intereses creados)… Mariana Pineda, de Federico García Lorca, fue, a finales de los 60, su última aparición teatral antes de dedicarse por entero a la canción, que le exigía suave pero inexcusablemente toda su atención. Nostálgica y agradecida, entre su deber artístico y su vocación intelectual, regresó momentáneamente a los escenarios en 1985 con Cándida, de George Bernard Shaw, bajo la dirección de José Luis Alonso.

Para entonces ya llevaba casi dos décadas como gran señora de la canción haciendo aún más hermosos y perdurables temas de José Alfredo Jiménez, Miguel Matamoros, Chabuca Granda, Violeta Parra, Alfredo Zitarrosa, Atahualpa Yupanqui… ¿Quién no conoce desde siempre, quién no ha experimentado un estremecimiento o, al menos, una simple satisfacción con canciones como La flor de la canela, Fina estampa, Amarraditos, El rosario de mi madre?… ¿Quién no las ha cantado alguna vez? Están tan asociadas a María Dolores Pradera que parece que nadie las había cantado antes.

María Dolores las paseó por España, por México (donde se instaló durante algún tiempo), por Argentina, por Chile (donde había vivido en su juventud), por Latinoamérica entera. También por Estados Unidos. Siempre acompañada por las guitarras de los hermanos Santiago y Julián López Hernández, “Los Gemelos”, fue la primera artista española en actuar en el Madison Square Garden (y en el londinense Albert Hall).

En los últimos años recibió homenajes en forma de colaboraciones o recopilatorios de la plana mayor de, ellos y ellas, nuestros cantantes y cantautores: Raphael, Joaquín Sabina, Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat, Miguel Bosé, Pablo Alborán, Miguel Poveda, Enrique Bunbury, Luis Eduardo Aute, Sergio Dalma, Manolo García, Diego El Cigala, José Mercé, Ana Belén, Rosana, Soledad Giménez, Ana Torroja, Amaia Montero…

Tenía numerosos galardones y reconocimientos: el Premio Nacional de Teatro, la Medalla de Bellas Artes, un Grammy Latino… Gozaba de un fino sentido del humor y ha dejado entre nosotros un rastro aristocrático. El verdadero: el procedente del espíritu y no de la sangre. Un toque de distinción, con la categoría de un estilo y la fragancia de un perfume.

Fuente: El Mundo